martes, 4 de octubre de 2016

UN INTERMINABLE RÍO DE NOSTALGIA

UN INTERMINABLE RÍO DE NOSTALGIA

Ahora, en mi escritorio de algarrobo, tengo a unos pocos centímetros dos lámparas: una de vidrio, color borravino, que fue de mis padres; la otra, de bronce, perteneció a la mesa de luz de mi abuela gallega. También un reloj portátil plástico con bordes metálicos marca seiko -regalo de casamiento-; un tarjetero de fina madera; un portalápices de cerámica; varios libros; un almanaque garabateado; apuntes; la notebook donde escribo estas líneas....en fin, un caos al que le he puesto un mínimo orden. 

Más lejos, en el mismo living donde se encuentra el escritorio, una mesa con cuatro sillas, un modular, varios cuadros que fueron de mi difunta suegra, otro mueble donde se apilan libros y discos compactos, un equipo de música, una biblioteca. Sobre la mesa, un mochila, y sobre la silla, una camisa a cuadros que me está esperando. 

En la biblioteca, que no es de algarroboconviven en paz varias colecciones de historia y arte, además de novelas. No hay allí ningún libro de poesía. Ellos están en un mueble más pequeño, abrigándose, protegiéndose entre sí, pasando el tiempo, perviviendo, reclamando que, como en otros tiempos, vuelva una y otra vez hacia ellos, con morosidad o apuro, tratando de encontrar una frase disparadora de nuevos poemas, inspiración para la emoción dormida, un destello de belleza.

Rojas, verdes, amarillas, blancas. Los lomos de las tapas me guían hacia autores venerados por mí: César Vallejo, García Lorca, Fernández Moreno, Juanele, Leopoldo Marechal, José Pedroni, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno. Hay algunos más, y otros, como Neruda y Machado, me acompañan desde los quince años, cuando fui por primera vez solo a una librería sobre la calle Cuenca, en Villa del Parque, y elegí mi inaugural libro de poemas. El lugar, La Reforma, al lado del tempo luterano, todavía se encuentra allí, un tanto cambiado. 

Tomo al azar uno de los ejemplares: El árbol sacudido, de José Pedroni, una antología creo. Pedroni fue un poeta santafecino y como Luis Franco, un panteísta; toda su obra -habitada por la emoción y el estremecimiento-  es un canto a la vida y la naturaleza, pero también a la mujer y al hombre concreto. Transcribo, a continuación, uno de los poemas, Poeta, del año 1961, que forma parte de la mencionada selección:

"Yo fui niño un vez, pero hace mucho.
Me dormía enroscado en la vereda.
Hay una voz que todavía escucho.
Hubo una mariposa. Era de seda.

Debió pisarme alguna vez un hombre.
Debió mirarme una mujer dolida.
Yo no me acuerdo. No tenía nombre.

Era, me acuerdo, como liebre herida.
Enamorada de mi sangre sola
Que se dormía al sol en cualquier trigo,
La mariposa entraba en mi corola.

Yo no sé lo que ella hizo conmigo:
Pero ella iba detrás de mi amapola,

Ella y la voz que me llamaba amigo".

¿Les dije que el techo del cielorraso es de color blanco y las paredes del living de un rosa viejo? Más allá está la entrada al departamento, con otra biblioteca y estantes donde descansan libros de filosofía y algunos de historia argentina contemporánea, política, ensayos y ya no recuerdo qué más....Los contramarcos están pintados de blanco. Las puertas, de color madera oscura, como ciertos cafés de antes.

Aún siendo crítico de mis actos y gustos, no me desagrada la decoración. No es convencional ni tampoco sofisticada. Me gusta la austeridad. Me encantan las paredes blancas, el estilo despojado, aunque sin exagerar. Detesto, por tanto, las imágenes religiosas sufrientes, los cristos crucificados, las vírgenes dolientes y los santos martirizados. No hay en este ámbito nada de eso.

Los cuadros reflejan paisajes o personas. A poco más de un metro del escritorio hay una reproducción en serie de una pintura de Marc Chagall: siendo preciso, un afiche de una muestra del artista en Buenos Aires. Dice: "MARC CHAGALL, 112 OBRAS EN DACIÓN, DEL 22 AL 13 DE AGOSTO. DE MARTES A DOMINGO DE 10 A 11 HS. MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES.

Los albañiles en la terraza, han dejado de golpear mientras escribía. Vivo en un último piso y están sacando las capas arqueológicas de membrana y baldosas de cerámica para colocar una nueva. A todo esto, se ha manchado el cielorraso, ha filtrado el agua. No han previsto la lluvia y ahora hay grandes manchas amarillentas. Hasta hace unas semanas lucía impecable. Mientras tanto, la vida sigue transcurriendo. Y ceniceros, lámparas, sillones, jarrones y otros objetos de decoración piden a gritos que los mazazos en la azotea no los despierten de su muda vida. Tal vez duerman o estén en un estado de semivigilia, pero lo cierto es que nunca me han hablado o tratado de comunicarse conmigo.

Hay un dejo de nostalgia, sobre todo en los libros (¿o será que proyecto mi tristeza por el tiempo que se fue, que no compartí con ellos, porque la vida, el cotidiano vivir, la pasión, nos convoca al afuera, al hacer más que al leer, a viajar al trabajo, al ir de aquí para allá?). Y ni hablar de los recortes de diarios y revistas que se fueron acumulando a lo largo de décadas. Vino después un tiempo de selección para el desecho. Reconozco que dolió meter en una bolsa negra para residuos, tanto material periodístico y literario. Allí fueron a parar notas sobre la Revolución Islámica en Irán de 1978, la toma del poder por parte de los sandinistas en 1979, la Larga Marcha en China, la guerra de Malvinas, la dictadura cívico-militar argentina, las intifadas, entre tantos sucesos que marcaron a nuestra generación, la de mediados de los '70. Recordé entonces los camiones repletos de milicianos flameando banderas rojinegras del Frente Sandinista de Liberación Nacional desde León hasta Masaya, ingresando un 19 de julio en Managua y no pude dejar de asociarlas con las usadas por sectores del peronismo revolucionario en 1973.  

La gata siamesa sube al modular, mientras Olivia, la terrier, la sigue atentamente con la mirada. Se escuchan las voces de los albañiles, hablando entre sí. Salvo eso, todo lo demás es silencio. El viento ha comenzado a soplar y aún cuando hoy haya salido para el trabajo, el viento seguirá soplando. Cuando emprenda el último tren, y no estemos, el viento seguirá soplando. Muchas veces -más de lo necesario- he pasado así muchas mañanas. Mañanas que me sacuden. Arboles que me convocan. Soles que me nublan. Lluvias que ya no despiertan mi alegría como en otro tiempo, al igual que las ganas de salir a caminar bajo el aguacero, sin paraguas, lloviéndome. 

Sin embargo hoy es un día especial, no como los otros, rutinarios, previsibles. Es un día raro. Escucho el sonido de unas cañas de metal. Me indican que el viento volvió a soplar. Siempre me alegra escucharlas. Están en el balcón y su tintineo viene acompañado de un sentimiento de vida -en especial de noche cuando me acunan, ayudando en la pelea contra mi insomnio crónico- y de anuncio de un nuevo tiempo.
Es miércoles de primavera, día que me hace recordar otros míércoles, cuando "el dios de adolescencia" (le robé la expresión al flaco Spinetta) daba saltos en el alma, imagen que traté de expresar en este poema escrito hace más o menos 40 años:


Miércoles de primavera

No hay temporal  
que castigue la luz de este día,
ni angustias ni nostalgias que lo nublen.
Sola, la tarde azul.

El silencio de la brisa trae el aroma
del jardín, un pleamar en la azotea.
Los gorriones esperan la hora del ocaso,
próxima a la definitiva paz.

Por la ventana:
edificios,
terrazas,
luz rojiza en faroles:
¡la luz del día de primavera!

Cantan las estrellas y la luna cercana.
Un secreto mágico de cuentos,
de libros de infancia, 
juegos, 
fogatas,
mañanas puras,
vuela hacia otros ocasos.

En este miércoles pacífico, 
atardece la infancia.

Sola, la tarde azul.

jueves, 22 de septiembre de 2016

DE OCTUBRE (2009-2013)

DE OCTUBRE (2009-2013)

AMARILLO SOL, OCRES INESPERADOS
                                        
                                                             A Luis, de la isla Saint Michel.
                                                              
Vida a la intemperie.
Paraísos de la calle Hipólito Yrigoyen a la altura de Almagro.
Ya comienza el otoño.
Edificios nuevos.
Casas derruidas.
Fábricas y galpones que fueron.

Y a pesar del óxido en las vigas
es hermoso contemplar el ocre de las hojas
el amarillo sol y los verdes deslucidos
la Basílica de San Carlos
las altas ventanas de la lnspectoría Salesiana
el baño de amarillo sobre los ocres inesperados

Herido de vida Luis sufriente
arrullo esta escena de barrio
con devoción casi religiosa
(vendrá mañana tal vez borrosa
y en sombras)

Y a pesar del óxido en las vigas
es hermoso contemplar el ocre de las hojas
                                          el amarillo sol y los verdes deslucidos
sin responder al llamado 
                                           de dioses temblorosos.

LLAMADO AL TRISTE

algún día…algún día…
volverás ¿no?
la piedra azul 
descenderá sobre un mar calmo
sin lágrimas
iluminado desde su centro
en el fondo del estanque 
donde crecen corales rojos
has zozobrado en casi todo
ella era lo único bueno y santo que te quedaba
pero ¿por qué estás llorando?
¿por qué llora el alma?
¿no se regocija en la hora del véspero?
¿o sólo otea esta realidad de error, confusión e iniquidad?

levantá tu cabeza como el león,
bebé del día, 
del rostro
de la muchacha 
                          de ojos grises,
de los golpes de tambores 
al ritmo de tu ansia

hay que mirarse de cerca, 
frente a un espejo,
para ir bien al fondo, 
a fondo
y apretar las muelas
hasta que la mandíbula duela.
y gritar con el pecho descubierto
y resistir
y reconstruirse

ESPÍRITU DE ÁRBOL  

A Telmo Otazúa, jardinero municipal porteño.
In memoriam

Aquí vienen el baño de yema,
el barro,
el fluido gratuito de la tipa,
las gotas atrapadas 

por los brazos del jacarandá,
el chorrito de miel del aguaribay.

Y están las lluvias de polen el aire,
los aguaceros de hojas de los plátanos,
las agujas de las casuarinas,
los ocres de los tilos,
los colores rojizos de los álamos del pantano
y la sangre del prunus 

que amaste 
(precipitaciones de corolas, caída de pétalos
sobre la tumba del viejo jardinero).
Porque eso fuiste, padre y hermano mío:
un cuidador de espíritus vegetales,
un escucha de las voces escondidas 

de plantas y arbustos,
un hombre de humus, turba y helecho,
un cantero de luz 

en el vivero de Parque Avellaneda,
un hombre-tierra, terco y tierno,
un árbol sólido,
florecido,
nunca vencido,
siempre renaciendo.

RECUERDOS DE INFANCIA                                        

                                              A don Enrique Diéguez, donde habite

Una mañana.
Un día de ira.
Una escalera y la puerta-cancel.
Una vereda.
Un eclipse de sol.
Un jazmín florecido.
Una ventana.
Un balcón.
Un patio.
Un televisor.
Dos hijas flequillo al viento.
Enrique y mis primeros libros.
Enrique volviendo del centro por la avenida Beiró.
Enrique y la historia del barrio.
Navarro y Campana,
donde Villa del Parque y Devoto se unen.
Enrique y sus relatos.
Enrique-recuerdo.
Enrique-atardeciendo.
Enrique-en-paz.
Ya forma parte del paraíso perdido.
Lo voy a extrañar.

PATRIA INTERIOR

                                  A los manes que nos precedieron en el viaje

No hay beatitud más grande
que el haberlos conocidos, almas queridas que partieron.

El paso de los años 
las hace más cercanas:
en el soplo de vida que infunden,
por la prudencia que masticaron
con dientes de piedra,
por la templanza
que forjaron 
a golpe de martillo,
en los recuerdos redivivos
que aletean junto a las ventanas 
cada tarde.

Sobre los hombros del dolor,
anchas espaldas pacientes,
nos protegieron,
dieron al viento de la calle,
al susto de la noche,
al andar agitado,
esas veredas,
esas baldosas -cada una un mundo-
con sus resquebrajaduras, 
retículas blancas,
guardas ocres,
hilos de agua,
pigmentos de acero y musgo.

Los convoco y nombro: 
Luis, Amalia, Donato, Dolores, Ramón, 
Jacinto, Sara, Cacho,
Cholo, Haydée, Franci, Juancito...  
para que el viento 
que los trae y lleva,
golpée 
furiosamente 
este corazón 
adormilado.

Sí, los presiento, 
manes agrarios
de la patria interior 
que me arrebata,
Arcadia feliz,
tierra abisal 
donde brota 
el héroe,
el santo,
el loco,
el nómade.

Corazón: escúchalos y arde.

LIMONERO       

Tu fiesta de frutos dorados
es ahora
               una cruz sin hojas

mi limonero está muriendo

desconsolado
busca la tierra
                         que lo nutrió:
sueña con
huertos diáfanos
oro antiguo
donde agitó
sus oscuras ramas

En el centro del jardín
agoniza el limonero y no sé 
cómo hablarle, rogarle,
bajo la fina lluvia
de este anticipado otoño, 
no sé con qué pócima, 
elixir conjuro
revivirlo.

¿plantarle un hijuelo, dos, cinco
para que lo acompañe en su soledad
-que es también la mía- y
velen su sueño último?

No te vayas limonero.
                     Mamá está lejos.

Me duermo bajo sus ramas de bronce
esperando un milagro, 
otro milagro,
en este domingo de Resurrección.

EL HOMBRE QUE QUERÍA SER ÁRBOL  

Oteaba la otra ribera,
la plagada de glicinas,
la jubilosa,
la de los días luminosos 
que regresaban.
Estaba destinado
a las guirnaldas,
a las campánulas,
al tamborileo de las casuarinas,
Al inmenso jardín del dios escondido.

Intuyó que había
nuevas y sorprendentes albas
planicies de reposo,
odiseas entre tanta enredadera,
laboreo en aldeas,
pulpas, 
arcanos que arden,
fractales granadas.

A fuerza de arrebatos
cambió su arquitectura: 
entonces fue ungido rey de los alisos:
Pródigo en vientos,
entramado con lluvias y sequías,
mezclado con líquenes, pájaros
y cielos infinitos,
el Hombre fue árbol.
Rodeado de tierras duras -pastosos ocres-, 
musgos verdinegros,
encendió la vida, los días de la vida.

Obra, óleo, estímulo, 
catexia, pulsión,
fluencia, multiversidad, 
savia, vibración.

Silencios. Bruma.

Entonces fue rey, rey del Mundo. 
Rey de paisajes ardidos,
rey de paisajes arrasados.

EL AJENO

No ha de darnos tregua este viaje.
No es cosa de andar con llanto y castigo.
Ya el desprecio es suficiente.

¿Para qué tanto perdón
y mensajes que no devolverán?

De tanto en tanto me pregunto:
qué metal les ha recubierto el cuero,
qué cuero les ha recubierto la piel,
qué piel los ha vestido,

No hay palabra, agujeta o abridor de lata
que pueda meter cisura o rasguño.

Respiro profundo y me sigo inquiriendo.
Persisto centrado en símbolo: 
cruz, rosa, flama.

Ellos no están allí
–tierra de lo consagrado-
en ofensas,
desdenes,
risas de hienas 
y declaraciones.

Camino con mi dios y sólo El sabe...

RESPUESTAS AL CRISANTEMO

Digo que sí, flor de muerto, flor de santa.
Las rosas son lacerantes, antimonia,
pero no por sus espinas.
Pronto se marchitan
y nos dejan sin despedirse.

El amor no es diamante,
coronaria insomne.
No hay que ir a buscarlo.
Tarde o temprano, llega a nosotros
como hiedra venenosa.

Vive sola, manzanilla dulce 
de ojos albos. 
Soporta el dolor
y las macetas con malvones.
Aguanta la humillación
de los agapantos 
extendida por lustros.

No debés cambiar 
por la exigencia de un otro.
Creá tu propia leyenda,
Cultivá la semilla eterna, 
ora et labora, 
sin precio de venta.
Vertí, por fin, tu licor amoroso.

EL ASOMBRO        

Miércoles 17 de febrero de 2010

 

                                       "El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en                                                           buscar nuevos paisajes sino nuevos ojos”. Marcel Proust


Durante siglos la lluvia ha caído
sobre nosotros
lloviendo y lloviendo, hemos visto deambular
los cuerpos encendidos, las madrugadas y los trenes.
Ellos nos llevaron por caminos de viento.
Partimos hacia donde el llamado de la sangre
nos convocara.
Prevalecieron el sueño, el dolor, y apenas, la dicha.

Lo sé porque he mirado desde el corazón.
Desde el sitio de tus ojos he mirado.
Desde el tibio río de tus ojos he mirado.
Y sigo mirando.
Desde una copa vacía, en albas desoladas
he mirado.
Transitando las calles de una ciudad humana
he mirado.

Y he mirado tu pasado: reconstruyendo los días de lluvia,
los días de adolescencia y los tiempos del amor de primavera,
cuando, ¡oh pasajera!, te dormías en atardeces arbóreos.

Si me preguntaras –porque todo lo preguntás- cómo lo sé,
te diré: a través de tus ojos lo he mirado.
Desde el tibio río de tus ojos he visto:
antiguos universos en expansión,
azules árboles reverdecer,
el viento posarse en las avenidas,
los trabajos de la existencia humana,
las edades del universo,
el núcleo de la Tierra enfriándose,
los asteroides caer a mil corazones de energía.
También visto el llanto.
Abrazar la piedra,
cubrir la vida con un océano de vida,
deambular por pasillos y paredes blancas,
entrar a cuartos asépticos
Y celebrar el bautismo de un nuevo día.

Durante milenios, siglos y días
La lluvia ha caído sobre nosotros.
Lloviendo y lloviendo sobre el alma,
tantas veces a la intemperie 
porque no hay
refugio donde cubrirla,
no hay descanso para concederle,
no existe conjuro que aleje el odio
y las devastaciones.

Como animal herido
me alimento de mis poderes,
me nutro del agua del temporal,
suelo acostarme en los empedrados y en las plazas,
y duermo la vigilia de mis sueños.
Me expongo a la lluvia.
Quiero la lluvia.
Aunque tu luz va poco a poco 
secando los goterones
y alejando los aguaceros.
Aunque el resplandor de estos días
Me desnude las excusas.
Porque, con tanta luz 
¿cómo guardaré mi
transfigurada melancolía?
¿qué preguntas fingiré a la desterrada tristeza?
¿Qué canción o elegía recitaré?
¿Cuánta muerte arrojaré en su lugar?

Iluminás mi mirada pluviosa,
Hacés brillar mi espejo nocturno,
Poblás de sol mis jardines abandonados.
Pero yo no te exalto,
Ni creo alrededor tuyo un ídolo
Al cual adorar.
Agradezco que haya amanecido.
Doy gracias por el día.
Doy gracias al equilibrio inestable
De luz y noche,
De alegría y desdicha,
De lo solar y lo lunar,
De lo fasto y lo nefasto.
Agradezco que me ayudes
a mirar por tus ojos,
Descubriendo nuevos abismos
y horizontes no creí llegar.

MIENTRAS ESCRIBO                                 

Escribo mientras zozobro absorto en tu mirada,
recordando las últimas noches.
insomne, tibio, afiebrado.
Evocando tu voz jamás antes escuchada.
Presintiendo unos ojos que no olvido
y palabras que en tantos años no acudieron a mí.

Escribo mientas la galaxia prosigue su navegar,
Irreductible a las pequeñas y grandes alegrías.
Quiero dejar sellado “algo” 
que desde nos “conocemos”
va sedimentando en este corazón.

¿Hablo yo o habla mi corazón?
Es El quien habla y ordena.
Trastocado en su centro, 
pierde las dimensiones de lo humano,
para elevarse hasta lo Inefable.

Es El quien padece las consecuencias
del temporal de Amor que lo azota,
De la lluvia de aguzados goterones.
De esta enfermedad mortal
que padece tan gozosamente.

Y hasta aquí llegan tus signos,
mujer primaveral:
lo nimio se vuelve sagrado,
y lo sagrado, cotidiano, cercano.

¿Cuánto tiempo ha pasado 
desde que acaecimos en la esfera-mundo? 
¿Horas, años, decenios?
¿O he dibujado un eterno presente
que creo irreal por su delicada magia?
¿Es real este tiempo?
¿Son reales tus palabras, salvíficas, abarcantes, 
que sanan mis heridas?
¿O es acaso el milagro de tu irredenta primavera
que nunca declinará?
¿Existe verdaderamente este cordón de oro
que cuido como a una paloma,
amenazadas por fortificaciones 
vanamente construidas?

En esa mujer celeste conviven 
la dulzura y la fuerza,
la alegría y la furia, 
la certeza y lo imprevisible,
la ternura y los sonidos de la sangre.

¿Existe esa mujer? 
¿O la edifiqué en días luminosos,
cuando el peso del dolor 
cedió paso a la aurora?
¿Es real este tiempo?
¿Es real esa mujer-ángel 
cuyo paso liviano 
y sus alas
son apenas visibles 
en el aire de amor?

Si yo la soñara no podría ser más semejante a mi sueño:
fervor que ha derribado la distancia
pasión que avanza al galope de un tropel de caballos
sutileza que arrasa el canto melancólico
aura dorada que clarea como álamo
ternura que destrona antiguas certidumbres.