Ahora, en mi escritorio de algarrobo, tengo a unos pocos centímetros dos lámparas: una de vidrio, color borravino, que fue de mis padres; la otra, de bronce, perteneció a la mesa de luz de mi abuela gallega. También un reloj portátil plástico con bordes metálicos marca seiko -regalo de casamiento-; un tarjetero de fina madera; un portalápices de cerámica; varios libros; un almanaque garabateado; apuntes; la notebook donde escribo estas líneas....en fin, un caos al que le he puesto un mínimo orden.
Más lejos, en el mismo living donde se encuentra el escritorio, una mesa con cuatro sillas, un modular, varios cuadros que fueron de mi difunta suegra, otro mueble donde se apilan libros y discos compactos, un equipo de música, una biblioteca. Sobre la mesa, un mochila, y sobre la silla, una camisa a cuadros que me está esperando.
En la biblioteca, que no es de algarrobo, conviven en paz varias colecciones de historia y arte, además de novelas. No hay allí ningún libro de poesía. Ellos están en un mueble más pequeño, abrigándose, protegiéndose entre sí, pasando el tiempo, perviviendo, reclamando que, como en otros tiempos, vuelva una y otra vez hacia ellos, con morosidad o apuro, tratando de encontrar una frase disparadora de nuevos poemas, inspiración para la emoción dormida, un destello de belleza.
Rojas, verdes, amarillas, blancas. Los lomos de las tapas me guían hacia autores venerados por mí: César Vallejo, García Lorca, Fernández Moreno, Juanele, Leopoldo Marechal, José Pedroni, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno. Hay algunos más, y otros, como Neruda y Machado, me acompañan desde los quince años, cuando fui por primera vez solo a una librería sobre la calle Cuenca, en Villa del Parque, y elegí mi inaugural libro de poemas. El lugar, La Reforma, al lado del tempo luterano, todavía se encuentra allí, un tanto cambiado.
Tomo al azar uno de los ejemplares: El árbol sacudido, de José Pedroni, una antología creo. Pedroni fue un poeta santafecino y como Luis Franco, un panteísta; toda su obra -habitada por la emoción y el estremecimiento- es un canto a la vida y la naturaleza, pero también a la mujer y al hombre concreto. Transcribo, a continuación, uno de los poemas, Poeta, del año 1961, que forma parte de la mencionada selección:
"Yo fui niño un vez, pero hace mucho.
Me dormía enroscado en la vereda.
Hay una voz que todavía escucho.
Hubo una mariposa. Era de seda.
Debió pisarme alguna vez un hombre.
Debió mirarme una mujer dolida.
Yo no me acuerdo. No tenía nombre.
Era, me acuerdo, como liebre herida.
Enamorada de mi sangre sola
Que se dormía al sol en cualquier trigo,
La mariposa entraba en mi corola.
Yo no sé lo que ella hizo conmigo:
Pero ella iba detrás de mi amapola,
Ella y la voz que me llamaba amigo".
¿Les dije que el techo del cielorraso es de color blanco y las paredes del living de un rosa viejo? Más allá está la entrada al departamento, con otra biblioteca y estantes donde descansan libros de filosofía y algunos de historia argentina contemporánea, política, ensayos y ya no recuerdo qué más....Los contramarcos están pintados de blanco. Las puertas, de color madera oscura, como ciertos cafés de antes.
Aún siendo crítico de mis actos y gustos, no me desagrada la decoración. No es convencional ni tampoco sofisticada. Me gusta la austeridad. Me encantan las paredes blancas, el estilo despojado, aunque sin exagerar. Detesto, por tanto, las imágenes religiosas sufrientes, los cristos crucificados, las vírgenes dolientes y los santos martirizados. No hay en este ámbito nada de eso.
Los cuadros reflejan paisajes o personas. A poco más de un metro del escritorio hay una reproducción en serie de una pintura de Marc Chagall: siendo preciso, un afiche de una muestra del artista en Buenos Aires. Dice: "MARC CHAGALL, 112 OBRAS EN DACIÓN, DEL 22 AL 13 DE AGOSTO. DE MARTES A DOMINGO DE 10 A 11 HS. MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES.
Los albañiles en la terraza, han dejado de golpear mientras escribía. Vivo en un último piso y están sacando las capas arqueológicas de membrana y baldosas de cerámica para colocar una nueva. A todo esto, se ha manchado el cielorraso, ha filtrado el agua. No han previsto la lluvia y ahora hay grandes manchas amarillentas. Hasta hace unas semanas lucía impecable. Mientras tanto, la vida sigue transcurriendo. Y ceniceros, lámparas, sillones, jarrones y otros objetos de decoración piden a gritos que los mazazos en la azotea no los despierten de su muda vida. Tal vez duerman o estén en un estado de semivigilia, pero lo cierto es que nunca me han hablado o tratado de comunicarse conmigo.
Hay un dejo de nostalgia, sobre todo en los libros (¿o será que proyecto mi tristeza por el tiempo que se fue, que no compartí con ellos, porque la vida, el cotidiano vivir, la pasión, nos convoca al afuera, al hacer más que al leer, a viajar al trabajo, al ir de aquí para allá?). Y ni hablar de los recortes de diarios y revistas que se fueron acumulando a lo largo de décadas. Vino después un tiempo de selección para el desecho. Reconozco que dolió meter en una bolsa negra para residuos, tanto material periodístico y literario. Allí fueron a parar notas sobre la Revolución Islámica en Irán de 1978, la toma del poder por parte de los sandinistas en 1979, la Larga Marcha en China, la guerra de Malvinas, la dictadura cívico-militar argentina, las intifadas, entre tantos sucesos que marcaron a nuestra generación, la de mediados de los '70. Recordé entonces los camiones repletos de milicianos flameando banderas rojinegras del Frente Sandinista de Liberación Nacional desde León hasta Masaya, ingresando un 19 de julio en Managua y no pude dejar de asociarlas con las usadas por sectores del peronismo revolucionario en 1973.
La gata siamesa sube al modular, mientras Olivia, la terrier, la sigue atentamente con la mirada. Se escuchan las voces de los albañiles, hablando entre sí. Salvo eso, todo lo demás es silencio. El viento ha comenzado a soplar y aún cuando hoy haya salido para el trabajo, el viento seguirá soplando. Cuando emprenda el último tren, y no estemos, el viento seguirá soplando. Muchas veces -más de lo necesario- he pasado así muchas mañanas. Mañanas que me sacuden. Arboles que me convocan. Soles que me nublan. Lluvias que ya no despiertan mi alegría como en otro tiempo, al igual que las ganas de salir a caminar bajo el aguacero, sin paraguas, lloviéndome.
Sin embargo hoy es un día especial, no como los otros, rutinarios, previsibles. Es un día raro. Escucho el sonido de unas cañas de metal. Me indican que el viento volvió a soplar. Siempre me alegra escucharlas. Están en el balcón y su tintineo viene acompañado de un sentimiento de vida -en especial de noche cuando me acunan, ayudando en la pelea contra mi insomnio crónico- y de anuncio de un nuevo tiempo.
Es miércoles de primavera, día que me hace recordar otros míércoles, cuando "el dios de adolescencia" (le robé la expresión al flaco Spinetta) daba saltos en el alma, imagen que traté de expresar en este poema escrito hace más o menos 40 años:
Miércoles de primavera
No hay temporal
que castigue la luz de este día,
ni angustias ni nostalgias que lo nublen.
Sola, la tarde azul.
El silencio de la brisa trae el aroma
del jardín, un pleamar en la azotea.
Los gorriones esperan la hora del ocaso,
próxima a la definitiva paz.
Por la ventana:
edificios,
terrazas,
luz rojiza en faroles:
¡la luz del día de primavera!
Cantan las estrellas y la luna cercana.
Un secreto mágico de cuentos,
de libros de infancia,
juegos,
fogatas,
mañanas puras,
vuela hacia otros ocasos.
En este miércoles pacífico,
atardece la infancia.
Sola, la tarde azul.
Me dormía enroscado en la vereda.
Hay una voz que todavía escucho.
Hubo una mariposa. Era de seda.
Debió pisarme alguna vez un hombre.
Debió mirarme una mujer dolida.
Yo no me acuerdo. No tenía nombre.
Era, me acuerdo, como liebre herida.
Enamorada de mi sangre sola
Que se dormía al sol en cualquier trigo,
La mariposa entraba en mi corola.
Yo no sé lo que ella hizo conmigo:
Pero ella iba detrás de mi amapola,
Ella y la voz que me llamaba amigo".
¿Les dije que el techo del cielorraso es de color blanco y las paredes del living de un rosa viejo? Más allá está la entrada al departamento, con otra biblioteca y estantes donde descansan libros de filosofía y algunos de historia argentina contemporánea, política, ensayos y ya no recuerdo qué más....Los contramarcos están pintados de blanco. Las puertas, de color madera oscura, como ciertos cafés de antes.
Aún siendo crítico de mis actos y gustos, no me desagrada la decoración. No es convencional ni tampoco sofisticada. Me gusta la austeridad. Me encantan las paredes blancas, el estilo despojado, aunque sin exagerar. Detesto, por tanto, las imágenes religiosas sufrientes, los cristos crucificados, las vírgenes dolientes y los santos martirizados. No hay en este ámbito nada de eso.
Los cuadros reflejan paisajes o personas. A poco más de un metro del escritorio hay una reproducción en serie de una pintura de Marc Chagall: siendo preciso, un afiche de una muestra del artista en Buenos Aires. Dice: "MARC CHAGALL, 112 OBRAS EN DACIÓN, DEL 22 AL 13 DE AGOSTO. DE MARTES A DOMINGO DE 10 A 11 HS. MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES.
Los albañiles en la terraza, han dejado de golpear mientras escribía. Vivo en un último piso y están sacando las capas arqueológicas de membrana y baldosas de cerámica para colocar una nueva. A todo esto, se ha manchado el cielorraso, ha filtrado el agua. No han previsto la lluvia y ahora hay grandes manchas amarillentas. Hasta hace unas semanas lucía impecable. Mientras tanto, la vida sigue transcurriendo. Y ceniceros, lámparas, sillones, jarrones y otros objetos de decoración piden a gritos que los mazazos en la azotea no los despierten de su muda vida. Tal vez duerman o estén en un estado de semivigilia, pero lo cierto es que nunca me han hablado o tratado de comunicarse conmigo.
Hay un dejo de nostalgia, sobre todo en los libros (¿o será que proyecto mi tristeza por el tiempo que se fue, que no compartí con ellos, porque la vida, el cotidiano vivir, la pasión, nos convoca al afuera, al hacer más que al leer, a viajar al trabajo, al ir de aquí para allá?). Y ni hablar de los recortes de diarios y revistas que se fueron acumulando a lo largo de décadas. Vino después un tiempo de selección para el desecho. Reconozco que dolió meter en una bolsa negra para residuos, tanto material periodístico y literario. Allí fueron a parar notas sobre la Revolución Islámica en Irán de 1978, la toma del poder por parte de los sandinistas en 1979, la Larga Marcha en China, la guerra de Malvinas, la dictadura cívico-militar argentina, las intifadas, entre tantos sucesos que marcaron a nuestra generación, la de mediados de los '70. Recordé entonces los camiones repletos de milicianos flameando banderas rojinegras del Frente Sandinista de Liberación Nacional desde León hasta Masaya, ingresando un 19 de julio en Managua y no pude dejar de asociarlas con las usadas por sectores del peronismo revolucionario en 1973.
La gata siamesa sube al modular, mientras Olivia, la terrier, la sigue atentamente con la mirada. Se escuchan las voces de los albañiles, hablando entre sí. Salvo eso, todo lo demás es silencio. El viento ha comenzado a soplar y aún cuando hoy haya salido para el trabajo, el viento seguirá soplando. Cuando emprenda el último tren, y no estemos, el viento seguirá soplando. Muchas veces -más de lo necesario- he pasado así muchas mañanas. Mañanas que me sacuden. Arboles que me convocan. Soles que me nublan. Lluvias que ya no despiertan mi alegría como en otro tiempo, al igual que las ganas de salir a caminar bajo el aguacero, sin paraguas, lloviéndome.
Sin embargo hoy es un día especial, no como los otros, rutinarios, previsibles. Es un día raro. Escucho el sonido de unas cañas de metal. Me indican que el viento volvió a soplar. Siempre me alegra escucharlas. Están en el balcón y su tintineo viene acompañado de un sentimiento de vida -en especial de noche cuando me acunan, ayudando en la pelea contra mi insomnio crónico- y de anuncio de un nuevo tiempo.
Es miércoles de primavera, día que me hace recordar otros míércoles, cuando "el dios de adolescencia" (le robé la expresión al flaco Spinetta) daba saltos en el alma, imagen que traté de expresar en este poema escrito hace más o menos 40 años:
Miércoles de primavera
No hay temporal
que castigue la luz de este día,
ni angustias ni nostalgias que lo nublen.
Sola, la tarde azul.
El silencio de la brisa trae el aroma
del jardín, un pleamar en la azotea.
Los gorriones esperan la hora del ocaso,
próxima a la definitiva paz.
Por la ventana:
edificios,
terrazas,
luz rojiza en faroles:
¡la luz del día de primavera!
Cantan las estrellas y la luna cercana.
Un secreto mágico de cuentos,
de libros de infancia,
juegos,
fogatas,
mañanas puras,
vuela hacia otros ocasos.
En este miércoles pacífico,
atardece la infancia.
Sola, la tarde azul.